Los tres príncipes de Serendipia.

A raíz de unos acontecimientos vividos, estuve divagando sobre si realmente es bueno demostrar las destrezas y conocimientos que cada uno posee. Y, aunque la primera apreciación sería pensar que sí, si rascamos un poco llegamos a argumentos que pueden llevarnos a la conclusión contraria: que no siempre es acertado, sino que puede acarrearnos muchos problemas. Y os pongo un ejemplo con el cuento tradicional persa titulado Los tres príncipes de Serendipia, que dice así, más o menos:

Érase que se era, tres príncipes de la impresionante isla persa de Serendipia. Los tres eran muy inteligentes, bien educados e hijos de un gran arquitecto. Su padre les había encomendado viajar a la India cuando, de repente, se toparon con unas huellas.

El primer príncipe, tras observarlas, dijo:

—Son las huellas de un camello tuerto del ojo derecho. Esto lo digo porque he visto que la hierba de la parte derecha del camino que da al arroyo estaba intacta, mientras que la de la parte izquierda que da a la colina estaba más seca y consumida.

A todo esto, el segundo príncipe, más sabio que el primero, añadió:

—A este camello le falta un diente: lo sé porque la hierba que ha arrancado tiene por encima pequeñas cantidades masticadas.

Por último, el tercer príncipe, todavía más astuto que sus dos hermanos mayores, observó:

—Eso no es todo: el camello está cojo de una de las dos patas de atrás. Seguramente la izquierda, ya que las huellas son más débiles en este lado.

A estas afirmaciones se unió la del arquitecto mayor del pueblo, que dijo:

—Por mi puesto de arquitecto mayor del reino afirmo que el camello llevaba una carga de miel y mantequilla. Lo puedo decir porque al borde del camino las hormigas comían en un lado, mientras que en el otro se concentraban abejas, avispas y moscas.

Los tres príncipes se sintieron molestos porque la apreciación del arquitecto superaba a las suyas. Así que el segundo príncipe bajó de su camello e inspeccionó más de cerca la huella y afirmó que en él iba montada una mujer, al percatarse de pequeñas huellas sobre el barro en la ribera del río.

El tercer hermano, herido en su orgullo también aseguró que la mujer estaba embarazada, ya que al orinar se apoyó con las dos manos debido al peso de su cuerpo.

En un clima de celos y soberbia, los tres jóvenes prosiguieron su camino hasta la siguiente ciudad, donde se toparon con un mercader que estaba muy nervioso. El motivo es que uno de sus camellos con su joven esposa había desaparecido con una carga de miel y mantequilla. Los tres príncipes, al escucharlo, se pararon y le preguntaron:

—¿Era tuerto tu camello del ojo derecho? —preguntó el hermano mayor.

—Sí —le contestó el mercader intrigado.

—¿Le faltaba algún diente? —preguntó el segundo hermano.

—Seguramente, porque era viejo y se había peleado con un camello joven —respondió el mercader.

—¿Estaba cojo de la pata izquierda trasera? —le espetó el tercer hermano.

—Sí ya que se había clavado la punta de una estaca. Además llevaba una carga de mantequilla y miel y una mujer muy descuidada, ¡mi esposa embarazada que se retrasaba todo el rato y yo la dejé atrás sin darme cuenta! ¿Los habéis visto? —preguntó angustiado el mercader.

A esta pregunta los príncipes rieron a carcajadas ante el asombro del mercader.

—No los hemos visto jamás.

En ese momento los vecinos explicaron al mercader que habían visto tres salteadores tras su camello y su mujer, así que les denunció. Ellos tres habían detallado tan bien al camello, aunque solo utilizaran deducciones, que nadie les creyó cuando afirmaron no haberlo visto, así que fueron detenidos y condenados a muerte… aunque finalmente apareció la mujer del mercader y fueron liberados.

Moraleja: no siempre es bueno demostrar la inteligencia de uno, ni sus habilidades. A veces es mejor ser prudente o parecer más bien “lelo”; lo contrario te puede acarrear muchos problemas y desgracias.

Muchas gracias por leerme.

J.F. Rives

La habitación de los recuerdos


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