Cuídese de mostrar sus habilidades.

A la hora del café, hoy he mantenido una conversación cuanto menos curiosa, de la que he podido sacar algunas reflexiones que me gustaría compartir con ustedes.

Déjenme que les explique.

He coincidido con un señor que se estaba lamentando de haber tenido que cortar sus vacaciones en agosto hasta en tres veces para acudir al trabajo, pero en dos ocasiones lo habían llamado para que solucionara cuestiones que, según él, no eran de su competencia.

Al ver cómo se me quedaba la cara de pasmado, me ha explicado que cómo desde siempre le han apasionado los ordenadores y todo el mundo que rodea la informática, cada vez que en el trabajo necesitan algo al respecto, o tienen dudas, le piden a él que lo solucione, y no a una empresa especializada. Y como él siempre ha pecado de ser un bonachón, pues ha venido accediendo. Pero eso no es lo malo, que todavía es peor, que sin saber muy bien cómo, se ha convertido en el responsable de informática de su empresa, con cargo de boquilla pero sin sueldo, y en el tontico (palabras propias de este hombre) a quien también llaman sus compañeros para que les solucione sus problemas de informática doméstica cuando lo requieren, sin importar el día de la semana y en cualquier horario. Con todo lo que he ello conlleva. Sigue leyendo “Cuídese de mostrar sus habilidades.”

Ciudadanía responsable.

No sé ustedes, pero a veces yo tengo la impresión de que este mundo funciona muy mal, o es que yo no acabo de entenderlo.

Dejen que me explique: nos dicen que no hay dinero para mejorar la educación ni para la investigación científica, que la sanidad pública es insostenible, que para seguir el ritmo de crecimiento económico no podemos evitar contaminar nuestro planeta, que debemos mantener un gasto militar enorme, que la Administración de Justicia no puede ser más ágil, que debemos renunciar a una parte de nuestras libertades para tener más seguridad, que no se puede acabar con las drogas ni erradicar la pobreza ni el hambre en el mundo,… y un montón de cosas más. Y parece que nosotros nos lo creemos, por lo menos nos resignamos a creerlo. Sigue leyendo “Ciudadanía responsable.”

Pesadillas en un mundo hipócrita.

    Anoche tuve una pesadilla. En ella, una de mis hijas abandonaba el hogar familiar persiguiendo su sueño hacia una vida mejor en un continente desconocido. Para ello, su familia la habíamos ayudado a sufragar los gastos de viaje, vendiendo lo poco que teníamos e incluso empeñándonos de por vida.

     En su camino, mi hija se tropezaba con otras personas, hombres y mujeres, niños, jóvenes y mayores que anhelaban el mismo sueño. Tras una larga y penosa travesía, salvando cientos de obstáculos, ella había llegado hasta la costa española donde esperaría a que saliera la próxima patera, a subirse a un contenedor de mercancías, o a que se organizase el próximo asalto a una valla para pasar al otro lado: a África.

     En mi pesadilla mi hija lo conseguía, aunque otros se quedaban atrás, o morían en el intento de las formas más inimaginables (ahogados en el mar, abandonados por traficantes de personas, tiroteados por policías, utilizados por organizaciones criminales para el tráfico de órganos, en un club de alterne,…). Sigue leyendo “Pesadillas en un mundo hipócrita.”

Los trenes de la vida.

Me van a permitir explicarles con una breve metáfora cómo concibo la vida y sus diferentes etapas.

En la estación de la vida puedes optar por esperar indefinidamente un tren que nunca acaba por llegar y dejar tu vida pasar. También puedes subirte a alguno de los trenes de los que paren en tu estación, o decidirte a saltar a las vías tras un tren que no paró pero que te empeñas en coger.

Una vez arriba del tren, puedes quedarte quieto o puedes avanzar por el vagón de mercancías y por el vagón turista hasta alcanzar el vagón preferente. Incluso puedes pretender ser tú quien dirijas el tren, y hasta conseguirlo si eso es lo que te propones. Sigue leyendo “Los trenes de la vida.”

Estrategias del miedo.

A estas alturas, muchos de nosotros hemos llegado a la conclusión de que, queramos o no, los MIEDOS nos acompañan constantemente, de una manera u otra, en todas las etapas de nuestra vida.

Con el paso de los años hemos aprendido a convivir con ese miedo en su diferentes formas: miedo a lo desconocido, con el temor a no acertar en las decisiones que vamos tomando en la vida, con las inseguridades sobre si podremos conseguir las metas que nuestras familias o nosotros mismos nos fijamos, miedo a los fracasos de todo tipo, miedo a perder el trabajo, miedo a ser despedido, miedo a enfermar gravemente, miedo a perder nuestra vivienda, miedo a tener un accidente de coche, miedo a perder a un ser querido,…

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SECOND ACT: reinventarse (o morir)

Actualmente puede verse en televisión una campaña publicitaria de una empresa financiera en la que se explica qué empujó a una mujer a estudiar Derecho y cómo tras haberse licenciado en esa rama del conocimiento y tras haber trabajado en alguna de las profesiones que se derivan de esos estudios, decide perseguir su sueño y monta un negocio relacionado con la jardinería. Además, a ella se la ve muy feliz y parece que quienes la rodean aplauden su valentía a la hora de tomar esas determinaciones que van a marcar su futuro.

Fuera del aspecto puramente comercial del anuncio, hay mucho más. Todos hemos tomado decisiones siendo todavía niños o inmaduros que han marcado nuestras vidas: si estudiar o trabajar, qué estudiar, aprender música para dedicarte a ello Sigue leyendo “SECOND ACT: reinventarse (o morir)”

Locos peligrosos.

Hace algún tiempo me propusieron un “proyecto colectivo” que se presentaba muy bien aliñado de palabras bonitas sobre futuras recompensas económicas, y que iba suponer escaso esfuerzo.

Cuando, antes de acabar de escuchar al señor proponente, que estaba acompañado de su corte de serviles aduladores, manifesté rotundo que no me interesaba y expuse educada y razonadamente varios de los motivos que me empujaban a tomar esa decisión, los otros se quedaron paralizados, incrédulos. Realmente estoy convencido de que, viendo el ofrecimiento, y la certeza que vendían de su “rentabilidad”, no entendían cómo yo o alguien se podía negar, “era una ocasión de oro” y “un tren que no volvería a pasar”, según ellos.

“Es un negocio claro”, me decían, negándose a creer mis explicaciones y diferentes puntos de vista que fui acompañando de más o menos acertadas conclusiones. Aquellas personas se marcharon, y lo único que al cabecilla, medio enfadado “porque no comulgaba con él” le entendí en su despedida fue: “este es un loco peligroso”. Sigue leyendo “Locos peligrosos.”